Este sábado, día 27 de octubre, iniciamos un nuevo ciclo en La Claqueta, que tendrá lugar viernes y sábados a las siete de la tarde. Se titulará Pretéritos imperfectos y en él contaremos con algunos de los mejores cineastas documentalistas venidos de varias partes de España. En concreto, se trata de documentales históricos que en muchos casos sirven para analizar la situación actual del país a partir de una mirada al pasado.
Abrirá el ciclo Ramón Lluis Bande, que vendrá para la ocasión desde Asturias. Su película El nome de los árboles es una especie de "Cómo se hizo" Aquí y n'otru tiempu, que tuvimos la suerte de ver en La Claqueta hace algo más de un año. La idea era que la sesión formara parte del ciclo "Después de..." pero por cuestiones de fechas, le fue imposible acudir al realizador.
Javier Rioyo presentará Asaltar los cielos, una película sobre Ramón Mercader, el asesino de Trosky; Yuri Agirre nos hablará de un caso poco conocido, el del turbio caso de la emboscada de la bahía de Pasaia en 1984; Isabel Suárez, en Desde el otro lado del charco nos habla de la famosa demanda argentina contra los crímenes del franquismo. Por último, Mariano Lisa vendrá ex profeso desde Barcelona para presentar cortos realizados por el Colectivo de Cine de Clase y dirigidos por Helena Lumbreras.
El programa será el siguiente:
27/10. Ramón Lluis Bande: El nome de los árboles (2015, 94')
10/11. Javier Rioyo: Asaltar los cielos (1996, 96')
16/11. Yuri Agirre: Pasaiako Badia (2017, 67')
17/11. Isabel Suárez: Desde el otro lado del charco (2017, 90')
24/11. Mariano Lisa: Spagna 68 (1968, 29') + El campo para el hombre (1975, 50')
Todas las sesiones serán con coloquio por parte de los realizadores y tendrán lugar a las 19:00 en la sala de proyecciones del CSA La Tabacalera (C/ Embajadores 53). Como siempre, entrada gratuita.
lunes, 22 de octubre de 2018
domingo, 21 de octubre de 2018
Vic Vega, que estás en los cielos
Hola. Soy Vincent
Vega. No Jesús de la Vega, Vincent Vega, Vic para los amigos. Tal
vez me conozcan por mis apariciones en Reservoir Dogs y Pulp Fiction.
Ese cabrón de Quentin Tarantino no me reflejó en la película como
realmente soy. A ese tío solo le interesa el dinero y mostrar
casquería para que los chavales vayan a ver sus películas. Pero el
auténtico yo no es ese. Yo de pequeño sufrí mucho. Mis padres me
maltrataban. Comencé a cometer algunos pequeños crímenes. De ahí
a que me metieran en un correccional solo había un paso. Y de uno a
otro… Mi infancia fue muy dura, chavales. Dicen que yo soy un
gángster y, sí lo soy, pero al menos uno con clase. Que me cargara
a un negro y llenara un coche de pedacitos de sesos y sangre solo fue
cuestión de mala suerte. Claro, que peor fue que me mataran cuando
estaba en plena giñada.
martes, 9 de octubre de 2018
El gesto de la muerte
Este microrrelato fue escrito por Jean Cocteau. Es así:
Un joven jardinero persa dice a su príncipe:
-¡Sálvame! Encontré a la Muerte esta mañana. Me hizo un gesto de amenaza. Esta noche, por milagro, quisiera estar en Ispahán.
El bondadoso príncipe le presta sus caballos.
Por la tarde, el príncipe encuentra a la Muerte y le pregunta:
-Esta mañana ¿por qué hiciste a nuestro jardinero un gesto de amenaza?
-No fue un gesto de amenaza -le responde- sino un gesto de sorpresa. Pues lo veía lejos de Ispahán esta mañana y debo tomarlo esta noche en Ispahán.
Un joven jardinero persa dice a su príncipe:
-¡Sálvame! Encontré a la Muerte esta mañana. Me hizo un gesto de amenaza. Esta noche, por milagro, quisiera estar en Ispahán.
El bondadoso príncipe le presta sus caballos.
Por la tarde, el príncipe encuentra a la Muerte y le pregunta:
-Esta mañana ¿por qué hiciste a nuestro jardinero un gesto de amenaza?
-No fue un gesto de amenaza -le responde- sino un gesto de sorpresa. Pues lo veía lejos de Ispahán esta mañana y debo tomarlo esta noche en Ispahán.
Landulfo de Ferrara
El siguiente cuento aparece en uno de mis libros favoritos, el Manuscrito encontrado en Zaragoza, del conde Jan Potocki.
En una ciudad de Italia llamada Ferrara había un joven llamado Landulfo. Hombre libertino y sin religión, tenía escandalizadas a todas las buenas almas que había en el país. Muy dado al trato con las cortesanas, conocía a todas las de Ferrara, pero ninguna le gustaba tanto como Blanca de Rossi, quizá porque superaba en deshonestidad a todas ellas.
Blanca no solamente era una cortesana interesada y depravada. Exigía además que sus amantes hiciesen por ella acciones que los deshonrasen, y así exigió a Landulfo que la condujese todas las noches a su casa para cenar con su madre y hermana. Landulfo fue a ver a su madre y le pidió ese favor como la cosa más natural del mundo. La pobre madre estalló en lágrimas, y le rogó que tuviese en consideración la honra de su hermana. Pero Landulfo fue sordo a sus ruegos, y solamente le prometió guardar lo mejor posible el secreto de aquellas visitas. Y dejando a su madre, fue a casa de Blanca para conducirla a su casa.
La madre y la hermana de Landulfo recibieron a la cortesana mejor de lo que ella merecía. Pero Blanca, viendo la bondad de ambas, se portó insolentemente. Durante la cena no ahorró expresiones demasiado libres y quiso dar lecciones a la hermana de su amante. Finalmente, les dijo que harían bien en marcharse a dormir porque ella deseaba quedarse sola con Landulfo.
Al día siguiente, Blanca contó lo ocurrido a todo el mundo, y durante varios días no se habló de otra cosa en la ciudad. Como era lógico, el rumor llegó también a oídos del tío de Landulfo, Odoardo Zampi, hermano de su madre. Odoardo era un hombre a quien no se ofendía impunemente. Sintiéndose ultrajado en la persona de su hermana, hizo asesinar inmediatamente a la infame Blanca. Cuando Landulfo fue a visitar a su amante, la encontró apuñalada y bañada en sangre. Pronto supo que había sido su tío el autor del crimen, y corrió a su casa para vengarse, pero lo encontró rodeado de los jaques más bravos de la ciudad, que se burlaron de su rencor. No sabiendo hacia quién dirigir su furor, corrió a casa de su madre con la intención de cubrirla de ultrajes. La pobre mujer se hallaba con su hija y se disponía a sentarse a la mesa. Cuando vio entrar a su hijo, le preguntó si Blanca vendría a cenar.
- Ojalá venga -dijo Landulfo- y te lleve al infierno, con tu hermano y toda la familia de los Zampi.
La pobre mujer cayó de rodillas y exclamó:
- Oh, Dios mío, perdona sus blasfemias.
En este instante, se abrió la puerta con ruido, y apareció un pálido espectro, cosido a puñaladas, que conservaba, sin embargo, una semejanza atroz con Blanca.
La madre y la hermana de Landulfo se pusieron a rezar, y Dios les concedió la gracia de poder soportar ese espectáculo sin morir de terror.
El fantasma avanzó lentamente y se sentó a la mesa como para cenar. Landulfo, con un valor que sólo el demonio podía inspirarle, se atrevió a coger un plato y a ofrecérselo. El espectro de Blanca abrió una boca tan grande, que su cabeza pareció partirse en dos, y salió de ella una llama rojiza. Alargó después una mano toda quemada, tomó un trozo de vianda, se lo tragó, oyéndose cómo caía bajo la mesa. Después tragó el resto de la comida, y de nuevo se oyeron caer los trozos al suelo. Cuando el plato quedó vacío, el espectro, mirando a Landulfo con ojos terribles, le dijo:
- Landulfo, cuando yo ceno en casa, también me acuesto en ella. Prepárate, pues, y vámonos al lecho.
En una ciudad de Italia llamada Ferrara había un joven llamado Landulfo. Hombre libertino y sin religión, tenía escandalizadas a todas las buenas almas que había en el país. Muy dado al trato con las cortesanas, conocía a todas las de Ferrara, pero ninguna le gustaba tanto como Blanca de Rossi, quizá porque superaba en deshonestidad a todas ellas.
Blanca no solamente era una cortesana interesada y depravada. Exigía además que sus amantes hiciesen por ella acciones que los deshonrasen, y así exigió a Landulfo que la condujese todas las noches a su casa para cenar con su madre y hermana. Landulfo fue a ver a su madre y le pidió ese favor como la cosa más natural del mundo. La pobre madre estalló en lágrimas, y le rogó que tuviese en consideración la honra de su hermana. Pero Landulfo fue sordo a sus ruegos, y solamente le prometió guardar lo mejor posible el secreto de aquellas visitas. Y dejando a su madre, fue a casa de Blanca para conducirla a su casa.
La madre y la hermana de Landulfo recibieron a la cortesana mejor de lo que ella merecía. Pero Blanca, viendo la bondad de ambas, se portó insolentemente. Durante la cena no ahorró expresiones demasiado libres y quiso dar lecciones a la hermana de su amante. Finalmente, les dijo que harían bien en marcharse a dormir porque ella deseaba quedarse sola con Landulfo.
Al día siguiente, Blanca contó lo ocurrido a todo el mundo, y durante varios días no se habló de otra cosa en la ciudad. Como era lógico, el rumor llegó también a oídos del tío de Landulfo, Odoardo Zampi, hermano de su madre. Odoardo era un hombre a quien no se ofendía impunemente. Sintiéndose ultrajado en la persona de su hermana, hizo asesinar inmediatamente a la infame Blanca. Cuando Landulfo fue a visitar a su amante, la encontró apuñalada y bañada en sangre. Pronto supo que había sido su tío el autor del crimen, y corrió a su casa para vengarse, pero lo encontró rodeado de los jaques más bravos de la ciudad, que se burlaron de su rencor. No sabiendo hacia quién dirigir su furor, corrió a casa de su madre con la intención de cubrirla de ultrajes. La pobre mujer se hallaba con su hija y se disponía a sentarse a la mesa. Cuando vio entrar a su hijo, le preguntó si Blanca vendría a cenar.
- Ojalá venga -dijo Landulfo- y te lleve al infierno, con tu hermano y toda la familia de los Zampi.
La pobre mujer cayó de rodillas y exclamó:
- Oh, Dios mío, perdona sus blasfemias.
En este instante, se abrió la puerta con ruido, y apareció un pálido espectro, cosido a puñaladas, que conservaba, sin embargo, una semejanza atroz con Blanca.
La madre y la hermana de Landulfo se pusieron a rezar, y Dios les concedió la gracia de poder soportar ese espectáculo sin morir de terror.
El fantasma avanzó lentamente y se sentó a la mesa como para cenar. Landulfo, con un valor que sólo el demonio podía inspirarle, se atrevió a coger un plato y a ofrecérselo. El espectro de Blanca abrió una boca tan grande, que su cabeza pareció partirse en dos, y salió de ella una llama rojiza. Alargó después una mano toda quemada, tomó un trozo de vianda, se lo tragó, oyéndose cómo caía bajo la mesa. Después tragó el resto de la comida, y de nuevo se oyeron caer los trozos al suelo. Cuando el plato quedó vacío, el espectro, mirando a Landulfo con ojos terribles, le dijo:
- Landulfo, cuando yo ceno en casa, también me acuesto en ella. Prepárate, pues, y vámonos al lecho.
Leyenda de San Andrés
El siguiente cuento está adaptado de la Leyenda Áurea, que escribió el monje medieval Jacobo de Vorágine. Este libro recopila un montón de vidas de santos y gran parte de la iconografía de retablos y fachadas de iglesias está basado en sus relatos.
Cuéntase que hubo un obispo de vida muy virtuosa y era muy devoto de San Andrés. Mas el antiguo enemigo, envidioso de la piedad del referido prelado, adoptó la apariencia de una bellísima dama, se presentó en su palacio y le pidió alojamiento so pretexto de que huía de un mal casamiento que su padre quería arreglarle. Llegada la hora de la comida pasaron al comedor. El obispo y la dama se sentaron frente a frente, ocupando cada cual una de las cabeceras de la mesa; en los asientos de las bandas de uno y otro lado acomodáronse varios otros comensales. El prelado, deseoso de atender a su invitada, mirábala con frecuencia, a fin de que nada le faltara. Cada vez clavaba los ojos con más insistencia en su semblante, considerando detenidamente la perfección y belleza de sus facciones, y cuanto más la contemplaba, más languidecía su espíritu, porque, mientras mantenía su vista clavada en el rostro de ella, el antiguo enemigo de la especie humana más profundamente hundía sus venenosos dardos en el corazón del prelado, mostrándole la esplendente hermosura de la dama. El obispo, al borde ya del naufragio, comenzó interiormente a trazarse un plan para conseguir yacer con ella tan pronto como se presentara alguna coyuntura adecuada. En esto, un peregrino llamó a la puerta del palacio con fuertes aldabonazos y diciendo a voces que le abriera, y como no acudían a abrirle insistió en sus golpes cada vez más estruendosos y en sus gritos, también cada vez más recios. Al fin el obispo preguntó a su invitada:
- ¿Te parece bien, señora, que abramos a ese inoportuno?
- Mejor sería -respondió ella- que antes de abrirle le propusiéramos alguna cuestión complicada para ver si sabe solucionarla. Si responde satisfactoriamente a ella demostrará ser persona discreta y digna de que se le abra; si no sabe responder entenderemos que se trata de algún necio y no se le permitirá que vaya a estas horas a molestar al obispo.
A todos los comensales pareció bien la sugerencia de la dama y el obispo le pidió a la dama que pensara un acertijo. La dama accedió y propuso este:
- Pregúntesele qué es lo más maravilloso que Dios ha hecho en una cosa pequeña.
Un criado del obispo, desde dentro y sin abrir, formuló la pregunta al peregrino y tornó con esta respuesta: "La variedad y excelencia de las caras: entre tantos hombres como han existido desde el principio del mundo y existirán hasta el último día, no ha habido dos cuyos rostros sean completamente iguales; y, sin embargo, en algo tan reducido como la faz de una persona, el Señor ha colocado todos los sentidos del cuerpo humano".
Los comensales, unánimemente, reconocieron que la respuesta era interesante, verdadera y satisfactoria. Pero la mujer dijo:
- Propongámosle una segunda cuestión más complicada que nos permita juzgar mejor acerca de su prudencia y conocimientos. A ver si sabe decirnos dónde la tierra está por encima del firmamento.
He aquí lo que respondió el peregrino: "En el cielo empíreo, porque en él se halla actualmente el cuerpo de Cristo, que es de la misma naturaleza que el nuestro, y por tanto formado del barro de la tierra. Como el cuerpo del Señor de tierra ha sido hecho, tierra es; y como se encuentra en lo más alto de los cielos, o sea, muy por encima del firmamento, síguese que ahí precisamente, en el empíreo, es donde la tierra está por encima del firmamento".
Los contertulios del obispo dieron por muy buena la respuesta y alabaron la sabiduría del forastero. La dama, sin embargo, propuso:
-Planteémosle un tercer y último problema más difícil que los anteriores; si logra resolverlo aceptaremos definitivamente que se trata de un sujeto auténticamente discreto y sabio y que merece ser recibido. Pregúntesele qué distancia media entre la tierra y el cielo.
El peregrino contestó al recadero: "Vuelve a la sala y di a quien te mandó que me hicieras esta pregunta, que la respuesta la conoce él muy bien, puesto que la sabe por experiencia; o debiera saberla, ya que tuvo ocasión de medirla cuando fue arrojado de la gloria y cayó precipitado al fondo del abismo. Yo, en cambio, no he pasado por ese trance. De paso, le dices a tu señor el obispo, que la persona que sugirió que me formularais ésta y las otras cuestiones no es lo que parece, sino que es un demonio disfrazado de mujer".
El mensajero, asustado, regresó al comedor y repitió delante de todos cuanto el peregrino acababa de decirle; mas, antes de que terminara de transmitir el recado, que los oyentes escucharon estupefactos, la supuesta dama repentinamente desapareció. Entonces fue cuando el obispo comprendió la subversión que poco antes había sentido en su alma y los malos pensamientos y deseos que le habían asaltado; se arrepintió de ellos sinceramente, pidió interiormente perdón a Dios y envió nuevamente a su criado a la puerta, esta vez para que dijera al peregrino que pasara; pero el peregrino ya no estaba allí y, por más que lo buscaron por las calles de la ciudad, no pudieron hallarle. El prelado convocó al pueblo, refirió públicamente cuanto había ocurrido y rogó a todos que con ayunos y oraciones suplicasen al Señor que se dignara comunicar a alguien quién había sido realmente el misterioso forastero que llamó a su puerta y le había librado a él de un gravísimo peligro. Aquella misma noche el obispo conoció por revelación que el tal forastero había sido San Andrés, y que había acudido a la puerta de su palacio en apariencia de peregrino para evitar su caída en la tentación que el demonio había organizado contra su virtud. En adelante, y hasta el fin de su vida, el susodicho prelado, cuya devoción a San Andrés creció a raíz del referido suceso, dio constantemente pruebas de la veneración que sentía hacia el santo apóstol.
Cuéntase que hubo un obispo de vida muy virtuosa y era muy devoto de San Andrés. Mas el antiguo enemigo, envidioso de la piedad del referido prelado, adoptó la apariencia de una bellísima dama, se presentó en su palacio y le pidió alojamiento so pretexto de que huía de un mal casamiento que su padre quería arreglarle. Llegada la hora de la comida pasaron al comedor. El obispo y la dama se sentaron frente a frente, ocupando cada cual una de las cabeceras de la mesa; en los asientos de las bandas de uno y otro lado acomodáronse varios otros comensales. El prelado, deseoso de atender a su invitada, mirábala con frecuencia, a fin de que nada le faltara. Cada vez clavaba los ojos con más insistencia en su semblante, considerando detenidamente la perfección y belleza de sus facciones, y cuanto más la contemplaba, más languidecía su espíritu, porque, mientras mantenía su vista clavada en el rostro de ella, el antiguo enemigo de la especie humana más profundamente hundía sus venenosos dardos en el corazón del prelado, mostrándole la esplendente hermosura de la dama. El obispo, al borde ya del naufragio, comenzó interiormente a trazarse un plan para conseguir yacer con ella tan pronto como se presentara alguna coyuntura adecuada. En esto, un peregrino llamó a la puerta del palacio con fuertes aldabonazos y diciendo a voces que le abriera, y como no acudían a abrirle insistió en sus golpes cada vez más estruendosos y en sus gritos, también cada vez más recios. Al fin el obispo preguntó a su invitada:
- ¿Te parece bien, señora, que abramos a ese inoportuno?
- Mejor sería -respondió ella- que antes de abrirle le propusiéramos alguna cuestión complicada para ver si sabe solucionarla. Si responde satisfactoriamente a ella demostrará ser persona discreta y digna de que se le abra; si no sabe responder entenderemos que se trata de algún necio y no se le permitirá que vaya a estas horas a molestar al obispo.
A todos los comensales pareció bien la sugerencia de la dama y el obispo le pidió a la dama que pensara un acertijo. La dama accedió y propuso este:
- Pregúntesele qué es lo más maravilloso que Dios ha hecho en una cosa pequeña.
Un criado del obispo, desde dentro y sin abrir, formuló la pregunta al peregrino y tornó con esta respuesta: "La variedad y excelencia de las caras: entre tantos hombres como han existido desde el principio del mundo y existirán hasta el último día, no ha habido dos cuyos rostros sean completamente iguales; y, sin embargo, en algo tan reducido como la faz de una persona, el Señor ha colocado todos los sentidos del cuerpo humano".
Los comensales, unánimemente, reconocieron que la respuesta era interesante, verdadera y satisfactoria. Pero la mujer dijo:
- Propongámosle una segunda cuestión más complicada que nos permita juzgar mejor acerca de su prudencia y conocimientos. A ver si sabe decirnos dónde la tierra está por encima del firmamento.
He aquí lo que respondió el peregrino: "En el cielo empíreo, porque en él se halla actualmente el cuerpo de Cristo, que es de la misma naturaleza que el nuestro, y por tanto formado del barro de la tierra. Como el cuerpo del Señor de tierra ha sido hecho, tierra es; y como se encuentra en lo más alto de los cielos, o sea, muy por encima del firmamento, síguese que ahí precisamente, en el empíreo, es donde la tierra está por encima del firmamento".
Los contertulios del obispo dieron por muy buena la respuesta y alabaron la sabiduría del forastero. La dama, sin embargo, propuso:
-Planteémosle un tercer y último problema más difícil que los anteriores; si logra resolverlo aceptaremos definitivamente que se trata de un sujeto auténticamente discreto y sabio y que merece ser recibido. Pregúntesele qué distancia media entre la tierra y el cielo.
El peregrino contestó al recadero: "Vuelve a la sala y di a quien te mandó que me hicieras esta pregunta, que la respuesta la conoce él muy bien, puesto que la sabe por experiencia; o debiera saberla, ya que tuvo ocasión de medirla cuando fue arrojado de la gloria y cayó precipitado al fondo del abismo. Yo, en cambio, no he pasado por ese trance. De paso, le dices a tu señor el obispo, que la persona que sugirió que me formularais ésta y las otras cuestiones no es lo que parece, sino que es un demonio disfrazado de mujer".
El mensajero, asustado, regresó al comedor y repitió delante de todos cuanto el peregrino acababa de decirle; mas, antes de que terminara de transmitir el recado, que los oyentes escucharon estupefactos, la supuesta dama repentinamente desapareció. Entonces fue cuando el obispo comprendió la subversión que poco antes había sentido en su alma y los malos pensamientos y deseos que le habían asaltado; se arrepintió de ellos sinceramente, pidió interiormente perdón a Dios y envió nuevamente a su criado a la puerta, esta vez para que dijera al peregrino que pasara; pero el peregrino ya no estaba allí y, por más que lo buscaron por las calles de la ciudad, no pudieron hallarle. El prelado convocó al pueblo, refirió públicamente cuanto había ocurrido y rogó a todos que con ayunos y oraciones suplicasen al Señor que se dignara comunicar a alguien quién había sido realmente el misterioso forastero que llamó a su puerta y le había librado a él de un gravísimo peligro. Aquella misma noche el obispo conoció por revelación que el tal forastero había sido San Andrés, y que había acudido a la puerta de su palacio en apariencia de peregrino para evitar su caída en la tentación que el demonio había organizado contra su virtud. En adelante, y hasta el fin de su vida, el susodicho prelado, cuya devoción a San Andrés creció a raíz del referido suceso, dio constantemente pruebas de la veneración que sentía hacia el santo apóstol.
Lo que sucedió al Bien con el Mal
El infante Juan Manuel incluó este cuento en su libro El conde Lucanor, en el siglo XIV. El Bien y el Mal acordaron vivir juntos. Como el Mal es más activo, más inquieto, enemigo de la tranquilidad y siempre está maquinando algo, le dijo al Bien que sería muy conveniente tener ganado con el que salir adelante. Como el Bien aceptó esta propuesta, acordaron tener ovejas. Cuando las ovejas parieron, dijo el Mal al Bien que eligiera la parte que deseara.
El Bien, que es bueno y mesurado, no quiso escoger, sino que le dijo al Mal que lo hiciera; eso le agradó mucho al Mal, que, por ser malo y engañoso, le propuso al Bien que se quedara con los corderitos recién nacidos y él tomaría la leche y la lana de las ovejas. El Bien hizo como si estuviera satisfecho con este desigual reparto.
Después de esto, dijo el Mal que sería bueno criar cerdos, lo que pareció oportuno al Bien. Cuando las puercas parieron, dijo el Mal que, pues el Bien se había quedado con los corderitos y él con la leche y la lana, ahora el Bien debería quedarse con la lana y la leche de las puercas y él con los lechones. El Bien aceptó aquello como su parte.
El Mal propuso después que plantaran hortalizas, y sembraron nabos. Cuando nacieron, dijo el Mal al Bien que, no sabiendo lo que podía haber bajo tierra, cogiera las hojas de los nabos, que estaban a la vista, en tanto que él se conformaría con lo que hubiera nacido bajo tierra. El Bien aceptó esta partición propuesta por el Mal.
Después plantaron coles y, cuando nacieron, dijo el Mal que, como el Bien había elegido antes las hojas de los nabos, que estaban sobre la tierra, debía quedarse ahora con la parte de las coles que nace bajo ella. Así, el Bien se quedó con esa parte.
Luego dijo el Mal al Bien que deberían buscar una mujer para que los sirviera y llevara siempre limpios, cosa que agradó mucho al Bien. Cuando ya encontraron a la mujer, dijo el Mal que de la cintura para arriba sería para el Bien y de la cintura para abajo sería para él. El Bien aceptó este reparto, por lo que su parte hacía todo lo necesario en la casa y la parte perteneciente al Mal estaba casada con él y tenía que dormir con su marido.
La mujer quedó embarazada y nació un hijo. Cuando la madre fue a darle de mamar, vino el Bien, que le prohibió hacerlo, porque la leche le pertenecía a él y no estaba dispuesto a malgastarla. El Mal vino muy alegre para ver a su hijo recién nacido, pero, como lo encontró llorando, preguntó a la madre qué ocurría. Esta le contestó que estaba hambriento porque no mamaba. El Mal le dijo que se lo pusiera al pecho, pero la madre le contestó que no podía hacerlo por habérselo prohibido el Bien, ya que la leche le pertenecía sólo a él. Cuando el Mal lo oyó, habló con el Bien y, riendo y con bromas, le pidió que dejara mamar a su hijo, pero el Bien respondió que la leche estaba en su parte y que no lo permitía. Al escuchar su respuesta, el Mal suplicó de nuevo al Bien para que accediera, y este, viendo su situación y su pena, le dijo:
-Amigo, no penséis que por ingenuidad no me daba cuenta de la diferencia entre lo que me asignabais y lo que reservabais para vos, a pesar de lo cual nunca os pedía nada de lo vuestro, sino que, como podía, me mantenía con lo mío. Y aunque me visteis así, jamás os dolió mi situación ni buscasteis favorecerme. Si ahora Dios ha dispuesto que necesitéis mi colaboración, no os sorprenda que no quiera ayudaros y que, recordando cuánto me habéis engañado, os deje sufrir vuestro mal como pago de todo lo que habéis hecho.
Al comprender el Mal que el Bien decía la verdad, se puso muy triste, pues vio que su hijo podía morir por su culpa, así que empezó a rogarle al Bien para que, en nombre de Dios, lo ayudara y se apiadara de aquel niño inocente, pues le prometía hacer en adelante lo que él mandara.
Cuando el Bien lo oyó expresarse así, pensó que Dios le había hecho un gran favor permitiendo que el Mal dependiera de él y, viendo que la enmienda podría conseguirse por la salud de aquel niño, dijo al Mal que su mujer podría amamantarlo si él lo llevaba sobre sus espaldas y salía con el pequeño por la ciudad, diciendo en voz alta para ser oído por todos: «Amigos, sabed que sólo con hacer el bien, derrota el Bien al Mal». Cumplida esta condición, podría su mujer darle leche al niño. Esto agradó mucho al Mal, que pensó haber pagado muy barata la vida de su hijo, en tanto que el Bien lo consideró una excelente penitencia. El Mal cumplió lo prometido y todo el mundo supo que el Bien siempre vence al Mal por medio de un bien.
El Bien, que es bueno y mesurado, no quiso escoger, sino que le dijo al Mal que lo hiciera; eso le agradó mucho al Mal, que, por ser malo y engañoso, le propuso al Bien que se quedara con los corderitos recién nacidos y él tomaría la leche y la lana de las ovejas. El Bien hizo como si estuviera satisfecho con este desigual reparto.
Después de esto, dijo el Mal que sería bueno criar cerdos, lo que pareció oportuno al Bien. Cuando las puercas parieron, dijo el Mal que, pues el Bien se había quedado con los corderitos y él con la leche y la lana, ahora el Bien debería quedarse con la lana y la leche de las puercas y él con los lechones. El Bien aceptó aquello como su parte.
El Mal propuso después que plantaran hortalizas, y sembraron nabos. Cuando nacieron, dijo el Mal al Bien que, no sabiendo lo que podía haber bajo tierra, cogiera las hojas de los nabos, que estaban a la vista, en tanto que él se conformaría con lo que hubiera nacido bajo tierra. El Bien aceptó esta partición propuesta por el Mal.
Después plantaron coles y, cuando nacieron, dijo el Mal que, como el Bien había elegido antes las hojas de los nabos, que estaban sobre la tierra, debía quedarse ahora con la parte de las coles que nace bajo ella. Así, el Bien se quedó con esa parte.
Luego dijo el Mal al Bien que deberían buscar una mujer para que los sirviera y llevara siempre limpios, cosa que agradó mucho al Bien. Cuando ya encontraron a la mujer, dijo el Mal que de la cintura para arriba sería para el Bien y de la cintura para abajo sería para él. El Bien aceptó este reparto, por lo que su parte hacía todo lo necesario en la casa y la parte perteneciente al Mal estaba casada con él y tenía que dormir con su marido.
La mujer quedó embarazada y nació un hijo. Cuando la madre fue a darle de mamar, vino el Bien, que le prohibió hacerlo, porque la leche le pertenecía a él y no estaba dispuesto a malgastarla. El Mal vino muy alegre para ver a su hijo recién nacido, pero, como lo encontró llorando, preguntó a la madre qué ocurría. Esta le contestó que estaba hambriento porque no mamaba. El Mal le dijo que se lo pusiera al pecho, pero la madre le contestó que no podía hacerlo por habérselo prohibido el Bien, ya que la leche le pertenecía sólo a él. Cuando el Mal lo oyó, habló con el Bien y, riendo y con bromas, le pidió que dejara mamar a su hijo, pero el Bien respondió que la leche estaba en su parte y que no lo permitía. Al escuchar su respuesta, el Mal suplicó de nuevo al Bien para que accediera, y este, viendo su situación y su pena, le dijo:
-Amigo, no penséis que por ingenuidad no me daba cuenta de la diferencia entre lo que me asignabais y lo que reservabais para vos, a pesar de lo cual nunca os pedía nada de lo vuestro, sino que, como podía, me mantenía con lo mío. Y aunque me visteis así, jamás os dolió mi situación ni buscasteis favorecerme. Si ahora Dios ha dispuesto que necesitéis mi colaboración, no os sorprenda que no quiera ayudaros y que, recordando cuánto me habéis engañado, os deje sufrir vuestro mal como pago de todo lo que habéis hecho.
Al comprender el Mal que el Bien decía la verdad, se puso muy triste, pues vio que su hijo podía morir por su culpa, así que empezó a rogarle al Bien para que, en nombre de Dios, lo ayudara y se apiadara de aquel niño inocente, pues le prometía hacer en adelante lo que él mandara.
Cuando el Bien lo oyó expresarse así, pensó que Dios le había hecho un gran favor permitiendo que el Mal dependiera de él y, viendo que la enmienda podría conseguirse por la salud de aquel niño, dijo al Mal que su mujer podría amamantarlo si él lo llevaba sobre sus espaldas y salía con el pequeño por la ciudad, diciendo en voz alta para ser oído por todos: «Amigos, sabed que sólo con hacer el bien, derrota el Bien al Mal». Cumplida esta condición, podría su mujer darle leche al niño. Esto agradó mucho al Mal, que pensó haber pagado muy barata la vida de su hijo, en tanto que el Bien lo consideró una excelente penitencia. El Mal cumplió lo prometido y todo el mundo supo que el Bien siempre vence al Mal por medio de un bien.
Otra leyenda del charro negro
Hay otra leyenda mexicana distinta con el mismo título. Cuenta la leyenda que una bella chica llamada Adela vivía en un pequeño poblado y su madre constantemente la reprendía por lo coqueta que llegaba a ser con los hombres. Al no estudiar ni trabajar, Adela aprovechaba sus ratos libres para andar de cita rompiendo corazones. Por ese motivo muchas personas no la veían con buenos ojos.
Una noche, la bella campesina se quedó de ver con uno de sus tantos pretendientes, pero en el camino, de repente a lo lejos vio el andar de un caballo con un charro montado que iba hacía ella. Al llegar, el caballo se postró a su lado y la chica quedó deslumbrada, pues el charro que lo montaba era muy apuesto y lucía un hermoso traje negro con unas elegantes botas negras y espuelas de oro. El guapo hombre de inmediato invitó a la bella doncella a subir a su caballo y ella no se pudo resistir, incluso olvidó la cita que ya tenía pactada. En cuanto se subió, el jinete tomó su camino rápidamente y unas llamas los envolvieron, Adela gritaba fuertemente para tratar de descender pero no tuvo éxito. Solo algunas personas lograron ver lo que estaba sucediendo. Aquel hombre era nada más y nada menos que el mismísimo Diablo, que vino por una bella dama para llevarla con él al infierno.
Nunca más se supo nada de Adela y para muchas personas, ella solo se había ido con uno de sus tantos pretendientes para no regresar jamás.
Una noche, la bella campesina se quedó de ver con uno de sus tantos pretendientes, pero en el camino, de repente a lo lejos vio el andar de un caballo con un charro montado que iba hacía ella. Al llegar, el caballo se postró a su lado y la chica quedó deslumbrada, pues el charro que lo montaba era muy apuesto y lucía un hermoso traje negro con unas elegantes botas negras y espuelas de oro. El guapo hombre de inmediato invitó a la bella doncella a subir a su caballo y ella no se pudo resistir, incluso olvidó la cita que ya tenía pactada. En cuanto se subió, el jinete tomó su camino rápidamente y unas llamas los envolvieron, Adela gritaba fuertemente para tratar de descender pero no tuvo éxito. Solo algunas personas lograron ver lo que estaba sucediendo. Aquel hombre era nada más y nada menos que el mismísimo Diablo, que vino por una bella dama para llevarla con él al infierno.
Nunca más se supo nada de Adela y para muchas personas, ella solo se había ido con uno de sus tantos pretendientes para no regresar jamás.
Leyenda mexicana: el charro negro
Cuando estuve en México conocí al charro negro. Era un hombre robusto, alto, moreno y siempre vestía como un charro. Traía un sombrero de esos redondos de dos pedradas y en sus botas tintineaban sendas espuelas de plata que refulgían con la luz del sol. Acostumbraba a ir los domingos por la tarde a la plaza pública municipal. Ahí cantaba a capella y hacia resonar su látigo sobre el pavimento. Algunos murmuraban a sus espaldas que estaba loco y disimulaban sus risas, no fuera que los descubriera y entonces sí, se las vieran con un loco furioso. Decían que su locura le había venido de una vivencia traumática cuando aún era muy joven:
Una tarde que volvía de reparar la cerca del rancho en donde trabajaba como caporal, su caballo, un manso retinto comenzó a parar las orejas pues había advertido algo fuera de lo común metros mas adelante. Un pequeño bulto fue tomando forma según se acercaba. Era un canasto que dejaba asomar unas cobijas. El caballo comenzó a temblar y a corcovear un poco, luego se rehusó a seguir avanzando. Su jinete descendió de su bruto, lo ató a un árbol cercano y avanzó los pocos metros que lo separaban de lo que resultó ser un hermoso bebé que tendría, según su apariencia, solo algunos meses de haber nacido. Estaba envuelto en una fina cobija blanca con rayas gruesas de color azul marino. Tomó a la criatura en sus brazos mientras se preguntaba qué madre desnaturalizada habría tenido la sangre tan fría como para abandonarla.
Tenía la piel muy blanca, los ojos muy azules. Era regordete, pesaba según sus cálculos quizá un poco mas de 5 kilos. Se encaminó con el bebé a su caballo y cuando se iba acercando el animal comenzó a relinchar, a pararse en los dos cuartos traseros y a lanzar coces a diestra y siniestra. Trató de calmarlo pero fue inútil. Al ver que no conseguía nada, decidió sentarse un momento sobre una gruesa rama de un árbol que descendía hasta casi llegar al suelo. Notó que, conforme se alejaba con su carga a cuestas el noble bruto se iba tranquilizando.
- Pues sí que está raro el Palomo -dijo en voz alta el caporal-. Parece que no le caíste bien, amiguito. Pero ¿dónde diablos estará tu madre?
El caporal empezó a hacerle cariños y carantoñas hasta que el bebe comenzó a reír.
- No entiendo, palabra, cómo es que te dejaron abandonado... tan precioso... tan gracioso...- decía el hombre cuando pasó algo extraño: el rostro del niño se puso serio y de su pequeña boca salió de pronto una voz horrible, cavernosa:
- ¡Y TAMBIÉN TENGO DIENTITOS!
Su pequeño rostro se había transfigurado para entonces. Los ojos se le tornaron rojos y de sus pequeños labios se asomaban dos grandes colmillos. Babeaba una sustancia verdosa.
- Sagrado corazón de Jesús- grito el caporal, mientras arrojaba con fuerza y lejos de sí a aquella horrible figura de pesadilla que reía espantosamente. Con los nervios destrozados subió en un santiamén a su caballo y se alejó a todo galope de aquel sitio. Cuando llegó al rancho y bajó de un salto de su cabalgadura, ya decía esa clase de incoherencias que lo caracterizarían tiempo después. Tuvo un acceso de fiebre que lo postró por tres días. Se recuperó de la fiebre, pero no de su locura. Con sus propias manos hizo una desviación del camino antes de que lo despidieran, cercó el acceso a aquel sitio donde había tenido lugar el suceso paranormal y colgó un letrero que decía “Prohibido el paso”.
Aseguran que ha habido personas que, ignorando el letrero, se han internado por ese camino y que luego han salido de ahí listos para ingresar al manicomio diciendo no se sabe qué clase de incoherencias, no sé qué de un bebé abandonado.
Una tarde que volvía de reparar la cerca del rancho en donde trabajaba como caporal, su caballo, un manso retinto comenzó a parar las orejas pues había advertido algo fuera de lo común metros mas adelante. Un pequeño bulto fue tomando forma según se acercaba. Era un canasto que dejaba asomar unas cobijas. El caballo comenzó a temblar y a corcovear un poco, luego se rehusó a seguir avanzando. Su jinete descendió de su bruto, lo ató a un árbol cercano y avanzó los pocos metros que lo separaban de lo que resultó ser un hermoso bebé que tendría, según su apariencia, solo algunos meses de haber nacido. Estaba envuelto en una fina cobija blanca con rayas gruesas de color azul marino. Tomó a la criatura en sus brazos mientras se preguntaba qué madre desnaturalizada habría tenido la sangre tan fría como para abandonarla.
Tenía la piel muy blanca, los ojos muy azules. Era regordete, pesaba según sus cálculos quizá un poco mas de 5 kilos. Se encaminó con el bebé a su caballo y cuando se iba acercando el animal comenzó a relinchar, a pararse en los dos cuartos traseros y a lanzar coces a diestra y siniestra. Trató de calmarlo pero fue inútil. Al ver que no conseguía nada, decidió sentarse un momento sobre una gruesa rama de un árbol que descendía hasta casi llegar al suelo. Notó que, conforme se alejaba con su carga a cuestas el noble bruto se iba tranquilizando.
- Pues sí que está raro el Palomo -dijo en voz alta el caporal-. Parece que no le caíste bien, amiguito. Pero ¿dónde diablos estará tu madre?
El caporal empezó a hacerle cariños y carantoñas hasta que el bebe comenzó a reír.
- No entiendo, palabra, cómo es que te dejaron abandonado... tan precioso... tan gracioso...- decía el hombre cuando pasó algo extraño: el rostro del niño se puso serio y de su pequeña boca salió de pronto una voz horrible, cavernosa:
- ¡Y TAMBIÉN TENGO DIENTITOS!
Su pequeño rostro se había transfigurado para entonces. Los ojos se le tornaron rojos y de sus pequeños labios se asomaban dos grandes colmillos. Babeaba una sustancia verdosa.
- Sagrado corazón de Jesús- grito el caporal, mientras arrojaba con fuerza y lejos de sí a aquella horrible figura de pesadilla que reía espantosamente. Con los nervios destrozados subió en un santiamén a su caballo y se alejó a todo galope de aquel sitio. Cuando llegó al rancho y bajó de un salto de su cabalgadura, ya decía esa clase de incoherencias que lo caracterizarían tiempo después. Tuvo un acceso de fiebre que lo postró por tres días. Se recuperó de la fiebre, pero no de su locura. Con sus propias manos hizo una desviación del camino antes de que lo despidieran, cercó el acceso a aquel sitio donde había tenido lugar el suceso paranormal y colgó un letrero que decía “Prohibido el paso”.
Aseguran que ha habido personas que, ignorando el letrero, se han internado por ese camino y que luego han salido de ahí listos para ingresar al manicomio diciendo no se sabe qué clase de incoherencias, no sé qué de un bebé abandonado.
miércoles, 26 de septiembre de 2018
Performánticos: el Spoken Word vuelve al Aleatorio
¿Eres romántico o performático? ¿O acaso necromántico? ¿Cartomántico, astromántico? ¿Y quiromántico? En cualquiera de los casos, los jueves 25 de octubre y 8 y 22 de noviembre tienes una cita con la palabra hablada en el cuarto festival de spoken word de Madrid. En él se convocarán poetas, cuenta-cuentos, humoristas y en esta ocasión, como novedad, performers. De ahí el título. Para colmo de alegría, el festival regresa a su lugar natural, el Aleatorio, la catedral madrileña de la palabra, situada en la calle Ruiz, en Malasaña.
En esta edición hemos optado por un formato distinto a las anteriores, con una periodicidad quincenal en vez de semanal y con cuatro invitados por sesión. Además, contaremos con un nuevo presentador, Luis Pisonero, además del ya habitual Jesús de la Vega. Por si todo esto fuera poco, habrá muchas sorpresas.
El festival empezará el 25 de octubre, con la presencia del joven poeta Samuel Santos y la actuación del colectivo de humoristas-improvisadores Maldita Urna (Chema Zavala, Alberto Sierra, Jaime Bartolomé y Jorge Loza). Venida desde Gijón ex profeso, la cantante alemana Fee Reega nos presentará su primer poemario. Cerrará la sesión el prestigioso poeta Ángel Guinda.
El 8 de noviembre debutará en spoken word el cantante norteamericano Evan Cary con una sesión que, por supuesto, será en inglés. Seguiremos con la poesía de Sergio Escribano, Miguel Ángel Mendo nos leerá algunos de sus relatos y, por último, actuará Debora Pol.
Como fin de fiesta, el 22 de noviembre contaremos con la poesía de Sergio Gª Soriano y Nacho Cítrico, una performance exclusiva a cargo de Christian F. Mirón y, por último, los trabalenguas de un tal Diego Mattarucco.
Durante el festival, presentaremos el segundo número del fanzine escrito a mano Birome.
En esta edición hemos optado por un formato distinto a las anteriores, con una periodicidad quincenal en vez de semanal y con cuatro invitados por sesión. Además, contaremos con un nuevo presentador, Luis Pisonero, además del ya habitual Jesús de la Vega. Por si todo esto fuera poco, habrá muchas sorpresas.
El festival empezará el 25 de octubre, con la presencia del joven poeta Samuel Santos y la actuación del colectivo de humoristas-improvisadores Maldita Urna (Chema Zavala, Alberto Sierra, Jaime Bartolomé y Jorge Loza). Venida desde Gijón ex profeso, la cantante alemana Fee Reega nos presentará su primer poemario. Cerrará la sesión el prestigioso poeta Ángel Guinda.
El 8 de noviembre debutará en spoken word el cantante norteamericano Evan Cary con una sesión que, por supuesto, será en inglés. Seguiremos con la poesía de Sergio Escribano, Miguel Ángel Mendo nos leerá algunos de sus relatos y, por último, actuará Debora Pol.
Como fin de fiesta, el 22 de noviembre contaremos con la poesía de Sergio Gª Soriano y Nacho Cítrico, una performance exclusiva a cargo de Christian F. Mirón y, por último, los trabalenguas de un tal Diego Mattarucco.
Durante el festival, presentaremos el segundo número del fanzine escrito a mano Birome.
Alibech y Rústico
Giovanni Boccaccio publicó en 1351 el Decamerón, que incluye cien cuentos. El trigésimo es el de Alibech y Rústico y, por su contenido erótico, ha sido eliminada de multitud de ediciones, sobre todo de las traducciones al inglés (ya se sabe que los anglosajones son muy puritanos).
Cuenta la historia de Alibech, una berberisca que vivía en la ciudad de Cafsa, cerca del desierto. Alibech poseía una gran belleza y tan solo contaba con catorce años. Oyó que había unos eremitas en pleno desierto que casi no comían y no hacían otra cosa más que vivir en contemplación y alabar al señor. A Alibech esto le pareció el mejor modo de vivir y decidió adentrarse en el desierto en busca de uno de esos ermitaños para que le enseñara la religión cristiana. Tras un largo viaje encontró a uno que vivía en una cueva, pero al contemplar la juventud y belleza de la chica pensó que no era buena idea aceptarla como seguidora, ya que en breve sufriría tentaciones del demonio. Así que le dijo:
- No acepto discípulos, pero no te preocupes, si te adentras un poco más en el desierto encontrarás otro ermitaño que es mucho mejor maestro que yo y seguro que te acepta.
Así lo hizo y al poco encontró la cabaña de un monje llamado Rústico. Alibech le pidió a Rústico lo mismo que a los otros pero él sí aceptó, pues estaba convencido de la fortaleza de su fe y de que no sería tentado por el demonio, pese a la belleza de Alibech.
El primer día, Rústico le dijo a Alibech que durmiese en su jergón y él durmió en el suelo y esa misma noche ya el diablo lo tentó y empezó a pensar la manera en que podría lograr que, bajo la excusa de servir a Dios, Alibech accediese a sus propósitos. Así, decidió hablarle del diablo y de cuán enemigo de Nuestro Señor era y le dio a entender que el servicio que más grato podía ser a Dios era meter al demonio en el infierno, adonde Nuestro Señor le había condenado. La jovencita le preguntó cómo se hacía aquello. Rústico le dijo:
- Pronto lo sabrás, y para ello harás lo que a mí me veas hacer.
Acto seguido, Rústico se desnudó y Alibech le dijo:
- Pero maestro, vos tenéis algo ahí que yo no tengo.
- Sí, hijita mía, eso es el demonio. Y tú tienes algo en su lugar. Tienes el infierno, y creo que Dios te ha mandado aquí para la salvación de mi alma, porque este diablo me está dando tormento. Si tú fueras tan amable de sufrir que lo meta en el infierno, me darás grandísimo consuelo y darás a Dios gran servicio, si para ello has venido a estos lugares, como dices.
- Oh, padre mío, puesto que yo tengo el infierno, sea como queréis.
Y dicho esto, llevada la joven encima de una de sus jergones, le enseñó cómo debía ponerse para poder encarcelar a aquel maldito de Dios. La joven, que nunca había puesto en el infierno a ningún diablo, la primera vez sintió un poco de dolor, por lo que dijo a Rústico:
- Por cierto, padre mío, mala cosa debe ser este diablo, y verdaderamente enemigo de Dios, que aun en el infierno duele cuando se mete dentro.
- Hija, no sucederá siempre así.
Y para hacer que aquello no sucediese, seis veces antes de que se moviesen del jergón lo metieron allí, tanto que por aquella vez se quedó tranquilo. Tras varios días de repetir la misma opración, sucedió que el juego comenzó a gustarle a Alibech y comenzó a decir a Rústico:
- Bien veo que el servir a Dios es cosa dulce y en verdad no recuerdo que nunca cosa alguna hiciera que tanto deleite y placer me diese como meter al diablo en el infierno; y por ello me parece que cualquier persona que en otra cosa que en servir a Dios se ocupa es un animal.
Por lo cual, muchas veces iba a Rústico y le decía:
- Padre mío, he venido aquí para servir a Dios y no para estar ociosa; vamos a meter el diablo en el infierno. La verdad, no sé por qué el diablo se escapa del infierno; que si estuviera allí de tan buena gana como el infierno lo recibe y lo tiene, no se saldría nunca.
Así, tan frecuentemente invitaba la joven a Rústico que comenzó a decir a la joven que al diablo no había que castigarlo y meterlo en el infierno más que cuando él, por soberbia, levantase la cabeza:
- Y nosotros, por la gracia de Dios, tanto lo hemos desganado, que ruega a Dios quedarse en paz.
Y así impuso algún silencio a la joven, la cual, después de que vio que Rústico no le pedía más meter el diablo en el infierno, le dijo un día:
- Rústico, si tu diablo está castigado y ya no te molesta, a mí mi infierno no me deja tranquila; por lo que bien harás si con tu diablo me ayudas a calmar la rabia de mi infierno, como yo con mi infierno te he ayudado a quitarle la soberbia a tu diablo.
Rústico, que de raíces de hierbas y agua vivía, mal podía responder a los envites; y le dijo que muchos diablos querrían poder tranquilizar al infierno, pero que él haría lo que pudiese; y así alguna vez la satisfacía, pero era tan raramente que no era sino arrojar un haba en la boca de un león; de lo que la joven, no pareciéndole servir a Dios cuanto quería, mucho rezongaba.
Al cabo de un tiempo, Alibech debió volver a Cafsa, pues había muerto su padre y le había dejado una gran herencia. Por esa razón, un apuesto joven llamado Neerbale le pidió la mano, para gran placer de Rústico y contra la voluntad de ella. Alibech no paraba de llorar por tener que dejar el desierto. Una vez en casa, las mujeres del barrio preguntaron a Alibech en qué servía a Dios en el desierto. Repuso que le servía metiendo al diablo en el infierno y que Neerbale había cometido un gran pecado al haberla arrancado de tal servicio. Las mujeres preguntaron:
-¿Cómo se mete al diablo en el infierno?
La joven, entre palabras y gestos, se lo mostró; de lo que tanto se rieron que todavía se ríen, y dijeron:
-No estés triste, hija, no, que eso también se hace bien aquí, Neerbale bien servirá contigo a Dios Nuestro Señor en eso.
Como sabréis, todos los cuentos del Decamerón están destinados a edificar a las jóvenes damas y este no podía ser de otro modo, así que Boccaccio, en boca de Dioneo lo acaba con las siguientes palabras: "Y por ello vosotras, jóvenes damas, que necesitáis la gracia de Dios, aprended a meter al diablo en el infierno, porque ello es cosa muy grata a Dios y agradable para las partes, y mucho bien puede nacer de ello y seguirse".
Cuenta la historia de Alibech, una berberisca que vivía en la ciudad de Cafsa, cerca del desierto. Alibech poseía una gran belleza y tan solo contaba con catorce años. Oyó que había unos eremitas en pleno desierto que casi no comían y no hacían otra cosa más que vivir en contemplación y alabar al señor. A Alibech esto le pareció el mejor modo de vivir y decidió adentrarse en el desierto en busca de uno de esos ermitaños para que le enseñara la religión cristiana. Tras un largo viaje encontró a uno que vivía en una cueva, pero al contemplar la juventud y belleza de la chica pensó que no era buena idea aceptarla como seguidora, ya que en breve sufriría tentaciones del demonio. Así que le dijo:
- No acepto discípulos, pero no te preocupes, si te adentras un poco más en el desierto encontrarás otro ermitaño que es mucho mejor maestro que yo y seguro que te acepta.
Así lo hizo y al poco encontró la cabaña de un monje llamado Rústico. Alibech le pidió a Rústico lo mismo que a los otros pero él sí aceptó, pues estaba convencido de la fortaleza de su fe y de que no sería tentado por el demonio, pese a la belleza de Alibech.
El primer día, Rústico le dijo a Alibech que durmiese en su jergón y él durmió en el suelo y esa misma noche ya el diablo lo tentó y empezó a pensar la manera en que podría lograr que, bajo la excusa de servir a Dios, Alibech accediese a sus propósitos. Así, decidió hablarle del diablo y de cuán enemigo de Nuestro Señor era y le dio a entender que el servicio que más grato podía ser a Dios era meter al demonio en el infierno, adonde Nuestro Señor le había condenado. La jovencita le preguntó cómo se hacía aquello. Rústico le dijo:
- Pronto lo sabrás, y para ello harás lo que a mí me veas hacer.
Acto seguido, Rústico se desnudó y Alibech le dijo:
- Pero maestro, vos tenéis algo ahí que yo no tengo.
- Sí, hijita mía, eso es el demonio. Y tú tienes algo en su lugar. Tienes el infierno, y creo que Dios te ha mandado aquí para la salvación de mi alma, porque este diablo me está dando tormento. Si tú fueras tan amable de sufrir que lo meta en el infierno, me darás grandísimo consuelo y darás a Dios gran servicio, si para ello has venido a estos lugares, como dices.
- Oh, padre mío, puesto que yo tengo el infierno, sea como queréis.
Y dicho esto, llevada la joven encima de una de sus jergones, le enseñó cómo debía ponerse para poder encarcelar a aquel maldito de Dios. La joven, que nunca había puesto en el infierno a ningún diablo, la primera vez sintió un poco de dolor, por lo que dijo a Rústico:
- Por cierto, padre mío, mala cosa debe ser este diablo, y verdaderamente enemigo de Dios, que aun en el infierno duele cuando se mete dentro.
- Hija, no sucederá siempre así.
Y para hacer que aquello no sucediese, seis veces antes de que se moviesen del jergón lo metieron allí, tanto que por aquella vez se quedó tranquilo. Tras varios días de repetir la misma opración, sucedió que el juego comenzó a gustarle a Alibech y comenzó a decir a Rústico:
- Bien veo que el servir a Dios es cosa dulce y en verdad no recuerdo que nunca cosa alguna hiciera que tanto deleite y placer me diese como meter al diablo en el infierno; y por ello me parece que cualquier persona que en otra cosa que en servir a Dios se ocupa es un animal.
Por lo cual, muchas veces iba a Rústico y le decía:
- Padre mío, he venido aquí para servir a Dios y no para estar ociosa; vamos a meter el diablo en el infierno. La verdad, no sé por qué el diablo se escapa del infierno; que si estuviera allí de tan buena gana como el infierno lo recibe y lo tiene, no se saldría nunca.
Así, tan frecuentemente invitaba la joven a Rústico que comenzó a decir a la joven que al diablo no había que castigarlo y meterlo en el infierno más que cuando él, por soberbia, levantase la cabeza:
- Y nosotros, por la gracia de Dios, tanto lo hemos desganado, que ruega a Dios quedarse en paz.
Y así impuso algún silencio a la joven, la cual, después de que vio que Rústico no le pedía más meter el diablo en el infierno, le dijo un día:
- Rústico, si tu diablo está castigado y ya no te molesta, a mí mi infierno no me deja tranquila; por lo que bien harás si con tu diablo me ayudas a calmar la rabia de mi infierno, como yo con mi infierno te he ayudado a quitarle la soberbia a tu diablo.
Rústico, que de raíces de hierbas y agua vivía, mal podía responder a los envites; y le dijo que muchos diablos querrían poder tranquilizar al infierno, pero que él haría lo que pudiese; y así alguna vez la satisfacía, pero era tan raramente que no era sino arrojar un haba en la boca de un león; de lo que la joven, no pareciéndole servir a Dios cuanto quería, mucho rezongaba.
Al cabo de un tiempo, Alibech debió volver a Cafsa, pues había muerto su padre y le había dejado una gran herencia. Por esa razón, un apuesto joven llamado Neerbale le pidió la mano, para gran placer de Rústico y contra la voluntad de ella. Alibech no paraba de llorar por tener que dejar el desierto. Una vez en casa, las mujeres del barrio preguntaron a Alibech en qué servía a Dios en el desierto. Repuso que le servía metiendo al diablo en el infierno y que Neerbale había cometido un gran pecado al haberla arrancado de tal servicio. Las mujeres preguntaron:
-¿Cómo se mete al diablo en el infierno?
La joven, entre palabras y gestos, se lo mostró; de lo que tanto se rieron que todavía se ríen, y dijeron:
-No estés triste, hija, no, que eso también se hace bien aquí, Neerbale bien servirá contigo a Dios Nuestro Señor en eso.
Como sabréis, todos los cuentos del Decamerón están destinados a edificar a las jóvenes damas y este no podía ser de otro modo, así que Boccaccio, en boca de Dioneo lo acaba con las siguientes palabras: "Y por ello vosotras, jóvenes damas, que necesitáis la gracia de Dios, aprended a meter al diablo en el infierno, porque ello es cosa muy grata a Dios y agradable para las partes, y mucho bien puede nacer de ello y seguirse".
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